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martes, 27 de noviembre de 2012

Cecilia Martínez , la del pote


Mensaje reenviado De: nilba morillo 

Fwd: FW: ¡¡¡A los 98 años Cecilia Martínez!!!...toda una mujer IMPORTANTE VA AL BLOG
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 Se acuerdan de ella?, la que el  profesor Negrón le decía, Cecilia cuanto tiene el pote?
A los 70 años

A los 98 años Cecilia Martínez:
           CECILIA MARTINEZ: Toda una mujer     


       Su historia curricular dice que abrió con su voz los micrófonos de Radio Caracas Radio; que dio las buenas tardes en el primer programa que transmitió en vivo RCTV; que cantó el primer jingle publicitario del país y que posteriormente Juan Vicente Gómez prohibió por "atrevido". Fue la primera mujer que se divorció en Venezuela, pero antes, a los 15 días de casada no sólo coqueteó con Gardel, sino que también bailó con el zorzal criollo el tango Esta noche me emborracho.
     Ah, ya libre de ataduras, enamoró a Pedro Estrada, a quien "despachó" cuando se enteró de que era el jefe de la Seguridad Nacional de Pérez Jiménez.  El 24 de noviembre cumple 98 años y luce requetebién, ¿milagro de José Gregorio Hernández, quien la salvó de morir a causa de la difteria, cuando era una linda rubia niña de 5 años? 
        Ella no lo sabe, pero cuenta que era muy tremenda, "mi primera borrachera la viví a los 6 años, cuando me tomé el fondo de ron con papelón que quedaba en un vaso", y que le divertía una barbaridad entrar por el patio de la casa de su abuela "para robar pollos o gallinas, todo dependía de lo que agarrara primero, y llevármelos a casa ahorcaditos". 
      Todos sus recuerdos -esas imágenes del pasado que también guarda en su envidiable memoria-, visten cada rincón de su cuarto y se codean con sus autores preferidos. Cecilia Martínez -tan parecida a la Rose del Titanic-, narra las historias de su vida, cada una salpicada de anécdotas y de risas. 
         Las jóvenes generaciones no conocieron su trabajo, sin embargo, su padres y abuelos saben de la trayectoria de una mujer que antes de llegar al ocaso de su vida, protagonizó la famosa radionovela El misterio de los ojos escarlata y condujo en televisión los programas Monte sus cauchos Good Year, Cosas de mujeres, Nosotras las mujeres y Toda una mujer. ¡Voilà! -Permítanos piropearla, y estamos seguros de no ser los únicos en decírselo: luce muy bien. 
       Razón tuvo al decirnos, cuando conversamos por teléfono, que era una mujer "sin edad".
-¿Yo te dije eso? Esa expresión no me quedó nada bien. ¡Ay, qué barbaridad, nunca he ocultado que nací en 1913! Me he llevado muy bien con los años vividos, no me quejo, soy demasiado optimista. Quiero que sepas que soy la más "vieja" de aquí. Y las más "jóvenes", cuyas edades oscilan entre los 80 y pico y 90 y pico, se extrañan al verme caminar solita, sin bastón ni muletas, ni desplazarme en silla de ruedas. 
         Algunas se ayudan con esas "herramientas", gracias a Dios aún puedo valerme por mí misma y mientras siga así, soy gente. Yo no necesito ayuda para levantarme de mi cama ni para comer, tampoco para bañarme o vestirme.
-Y como que espanta las enfermedades, sus mejillas están rosaditas.
-Soy de buena salud, siempre he sido una mujer muy sana. Sin embargo, últimamente, he tenido algunos problemitas, bueno, dos (risas), pero el médico que nos visita todos los viernes, recoge a su "viejero" y nos lleva pa'llá bajo, donde nos ausculta y toma la tensión, y a quien lo necesita, le hace radiografías y todas esas cosas que sólo los médicos entienden, no me encontró nada que no se pudiera controlar, eran mis hemorroides las que estaban echándome broma (jajajajajajaja).
-Últimamente, le han hecho muchas entrevistas, más que cuando era joven, bella y popular. ¿Eso le molesta?
-En absoluto. Pienso que los periodistas sienten mucha curiosidad por saber de mí, sobre todo ahora cuando estoy próxima a cumplir 98 años, para transmitírselo a la gente que tuvo la oportunidad de conocerme cuando era una mujer de radio y televisión. Mis amigos que viven fuera de Venezuela me llaman con regularidad, siempre están pendientes de mí. Uno de ellos es Napoleón Bravo, quien vive en Miami. "¿Pero, Cecilia, tú aún hablas seguido?", me pregunta riéndose. Y yo, riéndome, le contesto: "Si quieres comprobarlo, ven a visitarme". En todos ellos la curiosidad está presente, eso lo comprendo, pero eso de estar declarando a cada instante, claro que es fastidioso porque detesto tener que  repetirme.
-¿Lo ha dicho todo o se ha reservado algún secreto?
-He contado lo que me ha interesado contar, hay cosas que no todo el mundo tiene que saber por el hecho de haber sido una mujer exitosa.
Mis secretos me pertenecen, son secretos de confesión y sólo los curas que me han oído, lo saben. ¿El motivo? Soy madre, abuela y bisabuela, hasta hace poco tenía hermanos. Cómo crees que a estas alturas de mi vida, voy a revelar lo que con tanto celo he guardado. Si no lo hice antes, cuando era soltera y joven.
-Cuando de Cecilia Martínez dicen "es la mujer vanguardista por excelencia", qué piensa.
-Que es verdad, que me adelanté a los tiempos. Fui una mujer muy liberada, mi mamá murió cuando yo tenía 7 añitos, era la segunda de sus 4 hijos, 3 hembras y 1 varón. Mi papá, que no se volvió a casar, se ocupó de nuestra crianza y educación; Fina estudiaba canto y yo, piano; Alberto, violín y Beatriz, bandolina. Cuando sentí la necesidad de hablar con él, le dije: "Viejito, tengo que vivir mi vida, trabajo en radio y televisión, gano mi dinero, por tanto, soy una muchacha independiente, económicamente". 
Él, que también era medio farandulero, aceptó de buenas maneras mis palabras, "pero, por favor, pórtese bien, haga lo que crea es correcto", fue su sabio consejo. Tenía 14 años, era jovencísima cuando comencé a trabajar; quienes nos conocían me preguntaban por qué papá permitía que su muchachita trabajara. Pero es que nosotros no éramos ricos, sino muy pobres. Papá, que se desempeñaba como cajero del ferrocarril Caracas-La Guaira, solía recordarme: "Hija, siempre y cuando haga bien las cosas, trabaje".
-Por qué no nos cuenta de su hermana, la de las fotos.
-Fina, era todo lo contrario a mí. Siempre fue reservada, tímida. Ni siquiera le gustaba que la retrataran, cosa que a mí me encantaba con tal de que no fuera a desnudarme (risas). Alberto, mi hermano, también era medio farandulero, pero menos que papá.
-¿El "farandulismo" se hereda?
(Carcajada) -Esa es una historia digna de contar. Papá era primo hermano de Armando Reverón y de Leoncio Martínez, dos personajes faranduleros muy a su manera; el primero con aquella larga barba que se negó a cortar y el segundo era feísimo; cuando nacieron los feos él salió de primerito y nunca mejoró, pero eso sí, era profundamente inteligente. Recuerdo que en casa de mi abuela, como en todas las casas de la época, había "el cuarto de atrás". Ella, que vivía de Llaguno a Bolero, les había ordenado a su hijo y a sus sobrinos que se reunieran en "el cuarto de atrás", pues allí los tres montaron una suerte de teatrico, donde presentaban sus pequeñas obras. Papá, además de buenmozo, era muy buen actor; Armando se caracterizaba por su creatividad y Leoncio se limitaba a escribir los textos, con los que todos se divertían y burlaban. Por eso, cuando papá supo de mis deseos de trabajar en radio y televisión, no se sorprendió. 
   "Lo que se hereda, no se hurta", fue su comentario. Te cuento que era excelente bailarín, cuando íbamos a una fiesta bastaba que me hiciera una seña o un gesto para yo dejara plantado al muchacho con quien bailaba, para bailar con papá, entonces, todos nos hacían rueda.

"Papá nos recomendó
no participar en política"


-¿En su vida hay más aciertos que errores?
-Hubo una época en la cual me equivoqué muchas veces, perdí la cuenta (risas), fue cuando Germán Álvarez Lemus, primo de López Méndez, el pintor, nos abandonó a mí a y mis hijas. Sentí furia, rabia incontrolable. En mi dolor no entendía cómo una mujer tan joven y bonita, había sido dejada por alguien tan feo (carcajada). Mi amor por Germán terminó con normalidad, cuando me tranquilicé, encontré lo que todavía llamo "mi premio de consolación", porque eso significó Eduardo Reyna para mí.
-Se habla de tres matrimonios suyos, pero usted parece recordar sólo dos, como si el segundo fuera un espejismo.
-Es que lo considero de poca importancia, un verdadero disparate. Ese matrimonio duró poco.
-Intuimos que las críticas hacia su decisión de amar a Eduardo Reyna, 30 años menor que usted, no fueron muy piadosas.
-Fueron críticas muy feroces, aunque las entendí como envidia, que existe desde que el mundo es mundo. Todos, criticadores y criticada, disfrutamos del momento. Los periodistas no me dejaban tranquila, todos los días tenían algo que contar, inventado o no, de Cecilia Martínez. Después de que me tranquilicé, me dejaron en paz.
-¿Sus excesos o travesuras en la Venezuela del Benemérito, en qué consistían? 
-Todo dependía del cristal con que se miraban, lo cierto es que mis  travesuras las disfrutaba al máximo. Y te digo una cosa, no sé si eres
chavista o no, pero en aquella época, cuando Juan Vicente Gómez
gobernaba, se vivía mejor que ahora; quien no se metía con él, seguía
viviendo. Nosotros teníamos casa propia, en ese aspecto papá fue muy prudente por mi mamá, Josefina, que era una mujer muy  bonita, una Mendoza Aguerrevere. Vivíamos en la esquina El Truco.
-¿En esa época no afloró su rebeldía adolescente, políticamente hablando?
-Nunca me gustó la política, pero si era amiga de los estudiantes. En mi vida hay una anécdota que considero graciosa: como te dije antes,
vivíamos en casa propia. Un día, papá se encontró con su prima, Carmen Isabel Capriles Martínez, ambos conversaron de todo y cuando ella tocó el tema de la casa, papá le dijo que la estaba arreglando, que el trabajo por hacerse era bastante grande, "hasta decidí ponerle baldosas al piso", le contó. Carmen Isabel, luego de escucharlo, le propuso llevar a las niñas a su pensión, "pues no es bueno ni saludable para ellas estar entre escombros y obreros". Papá le hizo caso y nos mudamos. El restaurante de la pensión quedaba en la esquina El Cují; a la vuelta, de El Cují a Salvador de León, estaba la casa dormitorio de los estudiantes, allí vivían 60 muchachos. En mis
momentos de flojera, les pedía que me hicieran las tareas del colegio
(risas).
La madrugada que estalló la sublevación de los jóvenes oficiales del palacio de Miraflores, el cuartel San Carlos y los cadetes de la Academia Militar con el apoyo de la Federación de Estudiantes, contra la tiranía de Juan Vicente Gómez, y que resultó un fracaso, algunos muchachos saltaron la tapia de la casa para salir por detrás y otros optaron por quedarse. Mis hermanas y yo dormíamos en un cuarto dividido por un paraban, al otro lado dormían papá y Alberto. Nos despertamos con el alboroto. Papá, que vestía una bata, se paró en la puerta de nuestra habitación y comenzó a meter estudiantes. Entonces llegó la policía y papá que era muy protocolar, invitó a pasar a la casa al jefe del grupo, de apellido Frías, un hombre muy culto que
sabía quién era quien en Caracas y que todos los días lo veía ir a trabajar al ferrocarril. Frías, dirigiéndose a sus subalternos, alertó: "El cuarto de las princesas no se registra". Fina, Beatriz y yo, arropadas hasta la nariz, sentíamos deslizar nuestras lágrimas, mientras los muchachos permanecían escondidos debajo de nuestras camas. Estábamos horrorizadas, igual que nuestros amigos. Esa madrugada no ha querido desprenderse de mis recuerdos, se ha hecho inolvidable.
-Y a pesar de esa experiencia le dijo "no" a la política.
-Mi papá siempre nos recomendó no participar en política, "si lo hacen van a ganar un carcelazo para mí", nos anticipó con voz grave. Le obedecimos.

"Disfrazada de 'negrita' descubrí
lo puto que era mi marido"

-Dicen que usted amaba los carnavales y que le encantaba disfrazarse de "Negrita".
-¡Ayyyyy, eso es verdad, yo disfrutaba muchísimo esas fiestas! (jajajajajaja). La casa de una tía quedaba en una esquina, justo donde
se alzaba un templete, pues allí me montaba. Papá nos llevaba a todas
las fiestas de Carnaval. ¡Disfrazada de negrita fue mucho lo que hice y descubrí! Aún estaba casada con Germán, pero nuestra relación iba de mal en peor, sentía su lejanía, su desapego. Una noche papá me  llamó para invitarme al hotel Majestic, que quedaba frente al Teatro
Municipal, donde se celebraría una gran fiesta. "Ponte cualquier cosa,
Fina y Matías también van", me comunicó. Llamé a Fina y le dije que
nos disfrazáramos de negritas; ante su negativa porque a mi cuñado no iba a gustarle, le participé: "Pues, yo sí". Y así lo hice, me puse todos los adornos que me prestaron y nos fuimos al Majestic. Le susurré a Fina que iba a hacer una investigación, que me ubicaría en
un lugar donde todos pudieran verme, sobre todo Germán, que no se
perdía una fiesta. "Deja a ese hombre tranquilo", me aconsejó. "Él tiene que pagarme todas las que me ha hecho", juré. Esa noche bailé
con él, permití que su mano bajara y subiera por mi espalda, que se emocionara con su "negrita". En esa época vivíamos en La Florida, en
una linda casa hecha por ambos. A la entrada había una chimenea muy bonita y me senté en una poltrona que aún conservo, a esperar que Germán apareciera. Cuando él abrió la puerta y me vio con mi disfraz puesto, quedó mudo. Yo le puse una trampa y él cayó. "Si te quieres ir, vete, la puerta sigue abierta", le dije. Cuando papá y Fina se
enteraron, ella manifestó que "eso no lo hace una mujer decente" y él, defendiéndome, dijo: "Pero si se dejó sobar por su marido". Esa misma madrugada Germán se fue a Maracaibo, donde vivió un largo tiempo. Le aconsejé que no volviera.
-Le contó a Maricarmen Sobrino, conductora de Mujeres con historia y hombres también, que una amiga "muy amiga", le había levantado a su galán.
-¿Sabes quién me informó de la infidelidad de Germán?, pues, mi padre, el día de mi cumpleaños, 24 de noviembre. Ese día él llamó para felicitarme y cuando le invité a mi reunión, él se negó con voz triste. Le pedí una explicación convincente. "A qué voy a ir a tu casa, mijita, ¿a ver como Fulanita, tu íntima amiga, se besuquea con tu marido?". Mi sorpresa fue mayúscula. Le pregunté si hablaba en serio. "Y no es la primera vez que los veo", fue su respuesta. Al día siguiente llamé a mi amiga por teléfono, le dije que viniera a mi casa porque quería hablarle de algo importante. Ella, sin sospechar que yo
sabía de su traición, aceptó mi invitación. La recibí con una sonrisa, para no delatar mi rabia. Al rato le solté lo que tenía que decirle: ".Y eso que me hiciste, lo vas a vivir tú porque Germán es un puto, él sólo quiere tener un álbum de mujeres". Después supe que él tenía una querida, una mujer de la calle. Ahí se acabó todo. Lloré hasta que se me secaron las lágrimas. Me preguntaba el porqué de mi angustia existencial.
-Pero él no merecía tanto amor, ¿o si?
-Chica, el amor es una cosa extraña, no sé por qué mi amor hacia Germán fue tan grande. Buenmozo no era y rico tampoco, más bien era bajo de estatura y sexualmente no era muy competente. Cuando lo conocí, tenía otro enamorado, Guillermo Zuloaga, quien era alto, buenmozo, moreno y con real (jajajajajaja). Ah, no, pero preferí al feo, bajito y dueño de la cauchera, ¡qué imbécil fui!
-Si él la está escuchando desde donde esté, no la va a perdonar ni tampoco la va a recibir cuando le diga "adiós" a este mundo.
-¡Qué no se atreva a recibirme, pues le daré una patada ahí donde te imaginas! (risas).
-¿Arrepentida de haberle dado pie a la humanidad para ejercer su deporte favorito: la crítica siempre maliciosa?
-¿¡Y por qué tengo que arrepentirme si mis actos, que tampoco fueron graves o pecaminosos, no perjudicaron a nadie!? Lo que hice también lo hicieron las muchachas de mi época. Claro, yo me llamaba Cecilia Martínez.
-¿Qué dejó de hacer?
-Hice todo lo que quise. Mi padre jamás me cortó las alas.

"Mi refrescamiento 
en los ojos tiene su historia"

-Hoy, cómo transcurren sus días en esta hermosa casa hogar.
-Luego de levantarme, como el desayuno que me trae Elena, mi hija, que también vive aquí, pero está alojada en otra habitación. Vuelvo a dormir, divinamente, hasta las 10 de la mañana. Al despertar, me preparo para bañarme, después me visto, me arreglo el cabello y me pongo mis collares, pulseras y zarcillos. No me gusta lucir desarreglada.
-Coquetería femenina.
-La coquetería nunca debe perderse, ni siquiera por cuestión de edad.
-¿No se ejercita?
-Por supuesto, hago taichi, siempre viene una señora que me pone la
mano en la cabeza, en los brazos, en el pecho. Elena dice que es una maravilla, pero yo no siento nada (jajajajajaja). Bueno, aquí hago varias actividades, como leer, ahorita estoy leyendo a Mario Vargas Llosa, pero prefiero a Gabriel García Márquez. Y jugar canasta, bingo.
Esta es una casa, podemos entrar y salir cuando queramos, no es un sistema de reclusión.
-Bordar y tejer son desestresantes.
-Me gusta coser. Cuando llegamos a Villa Planchart, Elena me regaló
una máquina de coser. Yo estaba feliz. A los pocos días resolvió que nos íbamos a Costa Rica, donde vive una sobrina, y vendió la máquina.No viajamos a ninguna parte. Imagínate el final del cuento. Sé bordar, pero no es lo que más me gusta.
-¿Se sintió tentada por la cirugía plástica?
-Me hice un refrescamiento, que tiene su historia. Viajé a México huyendo de Eduardo. "Por caridad, te llevo casi 30 años, no insistas", le rogaba. Él estaba casado con una linda argentina y tenía una hija
preciosa, que vivió en mi casa. Eduardo permanecía sordo a mis súplicas y me siguió a México, donde decidimos casarnos. Allí, conversando con él, buscamos un buen cirujano y puse mis ojos en sus manos. Suavicé mis arrugas y aproveché para quitarme unos quistecitos que tenía en los párpados. ¿Cirugía en mis senos? No, qué va. Dije que si se caían, los recogería (risas).
-¿Cree que las señoras mayores no pueden ser atractivas sin cirugía?
-El atractivo de una mujer, joven o vieja, está en su interior. Si lo sabe usar, no necesita cirugías.
-Hay mujeres que lucen caras artificiales producto del botox y se ven raras con sus labios hinchados, las mejillas rellenas y los mentones falsos.
-Verlas, me horroriza. Y ni hablar de los senos, que parecen de madera. ¡Ay, Dios mío, en vez de coquetería, eso se llama sinvergüenzura femenina! (jajajajajaja). Imposible lucir joven y bella
con los excesos de la cirugía.

"José Gregorio Hernández
siempre estaba emperifollado"

-¿"Alárgame la vida" se llamó la inyección que le puso el doctor José Gregorio Hernández?
-Ay, chica, no lo sé, a lo mejor (risas). Un día amanecí enferma y papá resolvió esperar a José Gregorio, quien ese día llegó más temprano a casa. Cuando le notificaron que estaba enferma, fue a verme. Luego de auscultarme, dijo que regresaba pronto y se fue corriendo a la farmacia que quedaba en Caja de Agua, regresó con una inyectadora así de grande, me bajó el pantalón del pijama y me inyectó en el vientre. Le dejó una nota a mi papá en la cual decía que yo tenía difteria. Tenía 5 años.
-Era una niña y la imagen del llamado "médico de los pobres" puede serle borrosa, pero qué recuerda de él.
-Era bajito y vestía muy bien, lucía siempre emperifolladito, sus cabellos estaban en perfecto orden y olía exquisito, a perfume caro y bueno. Daba gusto oírlo hablar.
-Por qué cree que el Vaticano lo ha ninguneado, no beatificándolo.
-Estoy convencida de que la culpa es nuestra. Cualquier hechicero o bruja tiene en su altar sus vagabunderías y la imagen de José Gregorio, y nosotros se lo hemos permitido, somos cómplices. ¿Sabes
que lo vi tendido muerto, en la calle? Cuando me dicen que a él lo mató un carro, contesto que no es verdad, que fue el tranvía el que lo
golpeó y que José Gregorio cayó de espaldas, golpeándose la cabeza con la orilla de la acera. El pobre chofer del carro enloqueció cuando le dijeron que había matado al médico del pueblo...
-¿Sueña con el Paraíso?
-Creo que en el cielo como premio, pero no me lo imagino lleno de angelitos volando de un lado a otro. Sueño con encontrarme con mamá y con mi hija Yolanda, ese sería mi paraíso.
-¿Cree en la reencarnación?
-No, gracias a Dios. ¿Tú sabes lo que es reencarnar y volver a encontrar a Chávez? (risas).
-¿Lo conoció en casa de Napoleón Bravo y Ángela Zago?
-No. Y cuando tenía oportunidad, le decía a Ángela que su amiguito no me gustaba. 
"A todos no les puede gustar", solía responder.

"Con Carlos Gardel bailé Esta noche me emborracho"

-¿Qué buscaba en los hombres?
-Ante todo, comprensión, compañerismo.
-¿Las cicatrices del corazón sanan?
-Estoy convencida de que sí. Dios me ha puesto varias pruebas y he sobrevivido. A Yolanda la lloraba todos los días, no comprendía por qué el cáncer había terminado con la vida de mi hija, tan bella y joven.
-¿Qué tanto significó Eduardo Reyna en su vida?
-Fue mi "dulce de leche", "mi premio de consolación". Tenía 59 años y él 30. Si existe la felicidad, entonces fui una mujer sumamente feliz.
-¿No tuvo miedo de que una mujer más joven se lo arrebatara?
-Nunca, sabía que ese hombre me adoraba. Y cosas de la vida, no fue
otra mujer la que me lo quitó, la muerte se lo llevó
-¿Casarse con un hombre mucho más joven fue elixir o afrodisíaco?
-Mirándolo bien, ambas cosas. Nos amábamos, nuestra relación fue hermosísima, había ternura, caricias, besuqueo, todo. Vivimos juntos
13 años.
-¿Por qué no le gustaban los hombres de su edad o los más mayorcitos?
-Nunca me atrajeron, para vieja. yo (jajajajajaja).
-¿Fue una mujer de muchos romances?
-Para serte sincera, ¡nunca me faltó un roto por descoser! (jajajajajajaja). Tuve varios novios, cosa que jamás consideré "pecados" ni "carros nuevos" para estrenar o lucir ante mis amigas. Una vez divorciada, sólo disfrutaba mi regreso a la soltería, nadie me
podía impedir el derecho a vivir ni a salir con quien me diera la
gana.
-Y en ese su regreso a la soltería, se topó con Pedro Estrada. Dicen que lo de ambos fue amor a primera vista.
-Eso es falso. Nunca sentí amor por él, sólo cariño y respeto. Te cuento mi versión de la historia: vivía con mis hijas y su Tata, una mujer encantadora, en Las Delicias de Sabana Grande, en una casita chiquitita, no tenía dinero. Una vez le pregunté el origen de las bolsitas llenas de caramelo que las niñas llevaban a casa. "Ay, misia Cecilia, esos caramelos se los da el dueño de ese carro grandote que vive allá, en la esquina". Aquello me molestó sobremanera, empecé a
preguntarme quién era ese señor y por qué le regalaba dulces a mis  hijas. "Tata, dile a ese señor que me disgusta que las niñas coman dulces, sobre todo porque dañan la dentadura". Ella obedeció y regresó con el siguiente mensaje: "Dígale a su señora que yo sé que no tiene teléfono y que el de mi casa está a la orden para cualquier cosa que necesiten las niñas".
A los pocos días, el 24 de noviembre, día de mi cumpleaños, hice unas
galletitas de almendras. Yolanda, que no salía de la cocina, comió hasta enfermarse. Cuando la vi retorciéndose del dolor y con el vientre inflamado, le dije a Tata que corriera a la casa del señor y le pidiera prestado el teléfono para que se comunicara con Germán. El nerviosismo de ella era evidente y Pedro Estrada se dio cuenta, por lo
que empezó a preguntar qué ocurría. "Se nos muere la negrita y no puedo contactar a su papá", le contó. Él corrió a mi casa, subió las escaleras y entró al cuarto de las niñas, cargó a Yolanda y dijo que teníamos que ir a la clínica "porque ella tiene peritonitis".
Ya dentro del carro, nos fuimos a la Razzetti y mandó a su motorizado
a buscar al doctor Aranguren, que el día anterior había llegado de España. Era su amigo y no tenía permiso para operar en Venezuela, pero Estrada se lo consiguió y esa misma noche Aranguren operó a mi hija con éxito. Pedro no se movió de la clínica y al día siguiente me dijo: "Señora, aquí queda mi motorizado, lo que necesite no tenga pena en pedírselo, él lo va a buscar". Yo estaba en las nubes, no preguntaba nada, ni siquiera por qué él se había interesado tanto por la niña. A las 9 de la mañana se presentó en la habitación de la clínica con un regalo, que Yolanda agradeció con una sonrisa inmensa. "¿Cómo sigue la enferma?", preguntó. "Ah, tú fuiste el que me trajo para que me operaran, maluco", le respondió ella. Entonces aproveché para presentarme. "Me llamo Cecilia Martínez Mendoza. ¿Y usted?". Él me dijo su nombre: "Soy Pedro Estrada". Rápidamente, hice el comentario: "Es el jefe de la policía de López Contreras". Su respuesta fue un "sí, el general la aprecia mucho y Mercedes le envió un obsequio".
-Déjeme adivinar, de la clínica salieron convertidos en amigos.
-Sí, él me regalaba libros y con mis hijas se mostraba amorosísimo.
Pedro era un hombre sumamente atento e inteligente, se vestía con ropa fina, sus ademanes eran muy elegantes. Todos esos detalles hacían que el problemita del ojo pasara inadvertido. Cuando cayó López Contreras, recibí una llamada de Agustín Cuervo, del Club Americano, que me preguntaba qué hacía "con ese hombre". Como no entendía de quien me hablaba, fue más explícito: "Tengo escondido a Pedro Estrada en la caseta, la policía lo está buscando". Se me iluminó la mente, tenía unos amigos que eran dueños de una finca en Los Chorros, le manifesté a Agustín que iba a buscar a Pedro. Favor con favor se paga, me dije. Y lo llevé a primero a mi casa, durmió debajo de mi cama; al otro día nos fuimos a la finca de mis amigos, que también lo conocían. No teníamos 24 horas de haber llegado, cuando la policía se hizo presente en el lugar. Antonio, dueño de la hacienda, metió a Pedro en una suerte de estanque lleno de sobras de las siembras, cortó un tubo de lechosa y se lo entregó para que se lo pusiera en la boca y respirara. Por más que rastrilló el lugar, la policía no descubrió a Pedro. Llorando, le pedía a Dios que no le pasara nada. Mi amiga, la "Nena", nos puso en comunicación con el Consulado de Estados Unidos, hablé con ellos y prometieron ayudarnos. Me acompañaron a llevar a Pedro al aeropuerto. Allí terminó el romance.
-¿Quiere hablar de aquella noche, cuando bailó un tango con Carlos Gardel?
-Ese fue otro affaire que me inventaron. Germán y yo teníamos 15 días de casados y fuimos invitados a un agasajo en honor a Carlos Gardel, quien había cumplido sus compromisos en Caracas. El evento se efectuó en el piso alto de un edificio frente a la Catedral, junto a la plaza Bolívar. Nos ubicaron en la misma mesa del cantante, él estaba en un extremo y yo en el otro. Recuerdo que mi vestido era de tafetán azul, muy bello y juvenil. Ambos nos vimos y empezamos a coquetearnos. De pronto él se acercó y tocó el hombro de Germán. "¿Señor, me daría el honor de bailar con su esposa?". Germán contestó afirmativamente, estaba muy interesado en hablar de carreras de caballos. Cuando Gardel me puso el brazo para que me levantara, sentí que mis rodillas chocaban, que sonaban como bolas de boliche. "No sé bailar tango", me excusé. "Conmigo cualquier mujer baila lo que sea", murmuró bajito y sin dejar de mirarme. Al terminar de bailar, frenó mis pasos: "Si yo fuese su marido, jamás la habría dejado bailar con Gardel". Sonreí, no podía hablar de la emoción, había bailado con mi ídolo.
-Qué tango bailó.
-Esta noche me emborracho. Sola, fané, descangayada/ la vi esta madrugada/ salir de un cabaret/ flaca, dos cuartas de cogote/ y una percha en el escote/ bajo la nuez/ chueca, vestida de pebeta/ teñida y
coqueteando/ su desnudez./ Parecía un gallo desplumao/ mostrando al compadrear/ el cuero picoteao... / Yo que sé cuando no aguanto más/ al verla, así, rajé/ pa? no llorar.
-¿Se sintió una "señora tentación"?
-No, nunca.
-¿Renny Ottolina o Musiú Lacavalierie, quién le gustaba más, a cuál de los dos le hizo ojitos?
-A ninguno de los dos. Renny era mi amigo y el Musiú se enamoraba
hasta de una silla con falda. Cuando hacíamos Qué traigo aquí, él tenía la horrible costumbre de acercarse demasiado a mí. Un día, hastiada, le dije que si se sobrepasaba, "vas a salir del estudio con el pantalón roto y ensangrentado, aquí tengo una tijera".
-¿La cercanía con el profesor Néstor Luis Negrón, no le producía maripositas en el estómago?
-Noooooo, él era un viejo amigo, una maravilla de hombre.
-¿Aun le preguntan "Cuánto tiene el pote, Cecilia".
-No lo vas a creer, pero todavía me hacen esa pregunta.
-"El éxito es un gran desodorante. Quita todos los olores de tu pasado", decía Liz Taylor.
-Ella tendría sus razones para decirlo.
-¿Copeyana o adeca?
-Fui amiga de Rafael Caldera, quien luego me decepcionó. El poder lo cambió.
-Gustavo Machado era muy atractivo, un galanazo, pues.
-No sé por qué no llamó mi atención, pero estoy segura de que la razón era su discurso comunista.
-¿Si Dios le alarga la vida, votará en diciembre?
-Chica, me gustan Henrique Capriles Radonski, Leopoldo López, aunque son muy muchachos, y Antonio Ledezma, que dicen que es muy viejo, como si ser viejo fuera un delito. Tal vez de aquí a allá, haya perdido la ilusión y no vote por ninguno (risas). Pero vamos a ver qué resulta de esas primarias, estoy muy vieja para preocuparme a destiempo. 
-Charles Chaplin dijo que "El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto". ¿Cómo será el final de Cecilia Martínez?
-Cada día le pido a Dios que sea un final de paz, que me dé una muerte tranquila. Que me lleve con una sonrisa en los labios, como se fueron Fina y Alberto. En estos días que he estado medio machucha, he sentido miedo (jajajajajaja). Tengo terror de dar ese salto, tengo la pelona muy cerca.
-¿Siente que 98 años es como demasiado?
-¡No quiero cumplir esa edad porque es igual a 100!
-Bien, ya terminamos.
-Gracias a Dios, pues ya tenía sudado mi derriére (jajajajajajaja).
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