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lunes, 27 de abril de 2015

Arrieros



 
Arrieros somos y en el camino andamos


Por el camino
https://youtu.be/_lOptNFD_DQ
Autor: José Reyna
Canta: Sexágesimo

Versión Dimensión Latina/Andy Montañéz
https://youtu.be/FVKmghok4r8?list=RDFVKmghok4r8



Arriero es la persona que trabaja transportando mercancías diversas, como café, paja, corcho, trigo, carbón, maquinaria y muchas otras variedades, cargadas fundamentalmente sobre los lomos de mulas, dada la fortaleza de estos animales.
Etimológicamente el término arriero proviene de la palabra española arrear, que significa «estimular a las bestias para que echen a andar, para que sigan caminando o para que aviven el paso»; esta palabra, a su vez, proviene del vulgar 'arre', interjección utilizada en muchas regiones para tales fines.
Caminando en medio de las mulas, el arriero se encarga de arriarlas, cuidando que éstas realicen sus recorridos, por lo general muy extensos, y de que el transporte de las mercancías se haga de una manera confiable y segura hasta el lugar de destino. En el caso de arreo de ganado (reses, caballos, marranos, bestias en general), el arriero cuidaba de mantener el orden de la manada.
No solo mulas usaban los arrieros, quienes también usan para el transporte caballos, burros y bueyes, pero en escala menor, pues estos últimos animales son más lentos, torpes o inestables en comparación con la mula.

Hubo una vez…

El arreo era una labor cotidiana en los tiempos de la Venezuela rural, cuando no había carreteras, y los caminos los iban abriendo las personas que se arriesgaban a movilizarse a lomos de bestias o a pie por esos parajes donde lo que sí había –eso decía la conseja popular- eran espantos, visiones y ánimas en pena pidiendo por Dios un rezo, pero asustando a esos cristianos andariegos. Es lo que cuenta la gente de antes.
Con miedo y todo, asustadísimos ellos, quienes dominaban esos parajes eran los arrieros, hombres de brega que jineteando mulas y otras bestias recorrían largas distancias llevando sus pertrechos y la mercancía que iban a vender de uno a otros pueblos. 
Arreos iban y venían por los estrechos caminos del llano, del centro, del páramo, por todos los rumbos de Venezuela, abriendo caminos, porque para eso el venezolano es bien embraguetao, como dicen los llaneros.
A la primera mula de la fila le solían colocar una campana en el pescuezo para avisar con su ruido la presencia de la caravana, por si venía otro arreo en sentido contrario buscara la mejor forma de orillarse en lugar apropiado para no tropezarse, pues un leve descuido podía causar una tragedia de grandes proporciones.
En la parte de Los Andes venezolanos era frecuente que los animales rodaran con todo y carga por los profundos precipicios que se abrían a la orilla del camino. Situación similar a la de la carretera que lleva a Cumaná.
Los primeros propietarios de arreos de mulas en estos lugares fueron los encomenderos quienes a finales del siglo XVI y buena parte del XVII los usaban para trasladar tabaco desde Barinas hasta el puerto de Gibraltar, con destino a Europa.
“Después surgieron otros arrieros que durante siglos cubrían la ruta de Pueblo Llano a Barinas y de allí a Timotes, Valera, Mérida, Boconó, Escuque y lugares circunvecinos, transportando harina y otros productos del lugar”, reseñan cronistas andinos, entre ellos Rafael Ramón Santiago, cronista oficial del Municipio Pueblo Llano.


Arrieros merideños



Arriero
Ernesto Luis Rodríguez

Abro el camino cantando
para llegar a mi pueblo,
y estiro la voz alegre
cuando este viaje comienzo.
Voy con mi llano de siempre
bajo el azul mañanero.
El claro sol de otros días
alumbra cuando regreso
y donde estuvo mi canto
creció la palma del eco.
Amo estos hondos parajes
y mi destino de arriero
porque conozco la dicha
de caminar con el sueño
y con el pan de la copla
que es el mejor bastimento.
Sé de memoria los sitios
que dan aroma al recuerdo:
el fondo de las posadas
donde florece el afecto,
los nidos sobre las picas
y el turupial de recreo,
el júbilo de los caños
con los luceros adentro,
empalizadas que andan,
lejuras que son espejo,
y el arenal que se peina
su remolino andariego.
A veces fleto amarguras,
pero las llevo contento,
y el silbido me acompaña
cuando la canta reservo.
A las estrellas más altas
pregunto por el invierno,
del chaparral y la brisa
conozco el diálogo tierno,
leguas de rumbo marchito
no me quitaron el verso;
afino cuatros y sones,
en cada amor me detengo,
y en las quebradas amigas
bebo la gracia del cielo.
Así por estos caminos
ya estoy poniéndome viejo,
sin que me duela el corrió
ni se me apague el acento.
Cuando se nace en el llano
se tiene que ser coplero:
por aquí es donde se prueban
las cosas del sentimiento
y si no es en octosílabos
el verso no sabe a verso.
Otros con otras palabras,
nadie les quita el derecho;
déjenme a mí con las mías
y con mi vida en su puesto.
Es ésta mi voz, amigos,
y es éste mi pensamiento,
y no anda solo quien anda
con el cantar de su pueblo.

Trocha ecoturística de arrieros, Venezuela





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